11.12.17

Marketing & Comunicación

por: Reyes Cabero Domínguez

Ponga un filólogo en plantilla

Ponga un filólogo en plantilla

Recuerdo cuando comencé mi época universitaria como estudiante de Filología Hispánica. Incluso a mi madre le costaba explicar a sus amigas qué era aquello en lo que su hija había decidido dedicar sus horas en los siguientes 5 años. “¿Y eso para qué vale?” “¿Qué salidas tiene?” Le espetaban a ella y me preguntaban con un ademán de mofa disimulada a mí. Parece ser que en este mundo solo está bien visto ser médico, abogado, arquitecto o ingeniero.

De aquella callaba y me hacía la loca; hoy les hubiera dicho cuatro palabras bien dichas, que básicamente es para lo que sirve la filología y los filólogos: para hablar bien y que se entienda a la primera lo que dices, lees o escribes.

Es por ello que siempre he defendido y defiendo la importancia cultural y comunicativa de conocer la lengua en la que te expresas, tu idioma. Pero no conocerlo  en el sentido de saber hablarlo. Un niño habla su lengua materna y aún no conoce todos los recursos lingüísticos que tiene a su disposición para hacerse entender. Me refiero a saber conjugar los verbos correctamente; a conocer cómo rigen las preposiciones; a subordinar las oraciones sin que, por el medio, cuelguen los nexos sin tener una sintagma final en el que apoyar su significado; a conocer las concordancias de número y persona…  en fin, lo normal en una lengua, que además es obligatorio saber para aprobar un examen de selectividad. Cuando la había.

Todos estas reglas básicas de la lengua, del idioma español en el caso que nos ocupa, que son eso, básicas, no lo son. Les invito a leer con detenimiento revistas, panfletos, folletos, rótulos en comercios, por no hablar de artículos en páginas web, titulares de prensa, televisión… incluso las mismas entradillas de los presentadores de informativos, dignos de un examen de español coloquial, plagados de anacolutos y concordancias extravagantes. Inadmisible en medios de comunicación.

Pero ya no nos vayamos a tan altas instancias comunicativas. Si revisáramos correos electrónicos, mensajes de wasap…  probablemente se revelaría el origen de multitud de malentendidos, problemas e incluso enfados domésticos. Porque no es lo mismo “como solo” que “cómo solo”; o “No, tengo coche, voy contigo” que “No tengo coche, voy contigo”. Una coma, una triste coma que sembrará la incertidumbre.

Hace unos días supe de una empresa dedicada a los servicios informáticos en la que son los mismos empleados, ingenieros informáticos, los responsables de generar contenidos para actualizar las páginas web de los clientes cuyos productos informáticos gestionan. No disimulé mi enfado. ¿Me contratarías para programar? No ¿verdad? Claro, es que escribir no es lo mismo que programar… Por supuesto que no lo es. Para conocer una lengua en profundidad, con autoridad y un título que así lo acredite, hacen falta 5 años de carrera en una universidad. Casi los mismos que para ser ingeniero informático. El informático usará la lengua como yo uso la tecla de CTRL ALT SUPR para apagar el ordenador bloqueado: no sé muy bien lo que hago, pero lo he visto hacer y funciona.

Es posible que la ley del ahorro económico empresarial sea la que rige esa decisión, pero desde luego los resultados no van a ser los mismos.

Por cierto, han visto un 'cuyo' en el artículo. ¿Serían capaces de determinar su análisis morfológico y función sintáctica dentro de una frase? Si lo hacen, enhorabuena. Ya tienen más nivel que algunos periodistas de Televisión.