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Escrito por Gabriela Martínez Ubago, el 11.06.17
Los adolescentes neoyorquinos sueñan con dormir más

Los adolescentes neoyorquinos sueñan con dormir más

Tengo la suerte de ser profesora de español en un highschool para niños excepcionalmente brillantes en el Upper East Side de Manhattan. A pesar de estar situado en uno de los barrios históricamente más adinerados de Nueva York, donde se encuentran la mayor parte de los colegios privados de élite de la ciudad, Hunter College High School está financiado con fondos públicos, y ofrece educación gratuita al escaso 10% de los 1.500 solicitantes anuales que consiguen pasar el examen de acceso para ser admitidos a esta escuela. 

Los afortunados que superan esa prueba de fuego acceden a uno de los mejores colegios de la gran manzana, pero, para muchos alumnos, ello conlleva un largo trayecto diario en transporte público desde algunos de los barrios más recónditos del Bronx, Queens, Brooklyn e incluso Staten Island, ferry incluido.

El problema no reside tanto en la longitud del trayecto o el número de transbordos, sino en el hecho de que las clases aquí suelen empezar a las 8 de la mañana, incluso a las 7:30 en algunos colegios independientes. Si a ello se suma la cantidad de trabajo que los alumnos deben completar en casa cada noche, especialmente en una escuela de alto rigor académico, como es HCHS, cada mañana nos encontramos ante una clase que duerme unas 5-6 horas de media y que se parece más a un capítulo de TheWalkingDead que a un grupo de niños motivados y dispuestos a aprender a primera hora de la mañana. 

Hay numerosos estudios que demuestran que incluso un cambio relativamente pequeño, como sería empezar a las 8:30 en vez de a las 8 de la mañana, mostraría una mejoría notable en la habilidad participativa y la capacidad de aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, pese a que se habla de la posibilidad de retrasar los horarios escolares -sí, aquí madrugamos mucho pero también terminamos las clases a las 3 de la tarde-, los contras parecen imponerse ante los pros. Y la razón de peso en esta ciudad de agendas infantiles sobresaturadas y en especial en esta escuela donde el éxito se mide en los méritos que te harán sobresalir ante los otros candidatos a Harvard o Princeton, son las actividades extraescolares. Teatro, esgrima, natación, debate, baloncesto, coro, atletismo, robótica, tenis, jazz, fútbol, las opciones son innumerables, pero también exigen un alto nivel de compromiso de los niños y muchas horas de dedicación semanal prácticamente a diario. Todo ello después de terminar las clases, naturalmente. 

El resultado son niños que quieren llegar a todo, pero no tienen horas suficientes en el día. Quizás ello cause una frustración y un sentimiento de insatisfacción constante que los haga tener una adolescencia infeliz. Tal vez promueva en ellos esa competitividad que hace a los estadounidenses ser lo que son. O es posible que, entre quejas y alardesen los pasillos porhaber trasnochado, lo único que importe sea el sentimiento de camaradería por el sufrimiento común que tanto nos une en la adolescencia, y la esperanza de poder echarse una siestecita en ese largo trayecto de metro de vuelta a casa.https://ssl.gstatic.com/ui/v1/icons/mail/images/cleardot.gif

Foto de Brooke Cagle

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