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Escrito por Maite Mayor, el 11.06.17
Bienvenidos a la República Creativa de IKEA

Bienvenidos a la República Creativa de IKEA

Viernes, 8 de la mañana. Una pareja cualquiera llega a unos grandes almacenes aprovechando que es festivo para ir a comprar un mesita de noche y un par de estanterías. Llegan y comprueban que otras 400 parejas han aprovechado el puente para hacer lo mismo.

Entran en la gran superficie comercial. Siguen una guía dibujada en un pasillo. Atraviesan “colchones y jergones”, se pierden en “ropa de cama”. Intentan retroceder. Ven la mesita que quieren, la miden, la observan, “Veërkaja”, el nombre no les suena, “Vërjajum”, la otra mesita que está a su lado, tampoco. Hablan del color, discuten por el color y se arrepienten del color. Pasan de la mesita. Compran las estanterías, un decantador que no usarán nunca y un paquete con 200 minivelas “Slumpej”.

No saben qué hacer, se van al restaurante a comer unas albóndigas, nada más salir a él le golpea en la espinilla un dormitorio mal colocado en un carrito. Quieren irse ya, así que hacen 48 minutos de cola, pagan, suben al coche, colocan las estanterías en la cabeza de ella para que entren y huyen de allí con una sola idea en la cabeza: "no volvemos más".

Volverán.

Hace años Ikea lanzó un mensaje al mundo y ese mensaje conquistó a millones de personas: "no busques más, tu hogar es tu paraíso perdido".  

¿Qué hay detrás de una experiencia tan infame como ir a comprar a unos grandes almacenes, buscar los muebles, cargarlos, transportarlos y montarlos en casa? Una de las mejores estrategias de branding de la historia. Nos han convencido de que no hay “nada mejor que un hogar para amueblarnos la cabeza”, o  que “donde comen cinco comen seis”, han proclamado antes que ningún gobierno “la república independiente de mi casa” y han transformado las aspiraciones de la clase media al sugerirnos “que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”.

Cada claim es una  declaración de intenciones que grita a pleno pulmón su amor por la intimidad, la libertad, por una vida sin complejos y por convertir un hogar en el jardín del edén. Sin olvidarnos de que en una época globalmente digital han conseguido colar en millones de hogares un catálogo impreso tan esperado que la gente pagaba por tenerlo.

Ikea representa el sueño de una satisfacción a la que es posible aspirar. Aquí no hay coches de lujo, ni modelos de la talla 38 paseando por Capri. Esto es la vida real. Con gente normal, madres despeinadas, padres con delantal, niños rubios y no tan rubios, abuelos que preparan platos a sus nietos y sillones que sirven para descansar, dormir o saltar encima. El mensaje es claro, rotundo y no admite fisuras: si hay amor, tienes un hogar.

Ikea es la promesa de una vida feliz al alcance de todos. Es poesia hecha branding.

Una experiencia real en la que, como decía Octavio Paz, se comparte el pan, el sol, el olvidado asombro de estar vivos.

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