Escrito por Nacho Prieto, el 15.03.17
101

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Obra faraónica, titánica, descomunal, artística, desafiante… Y, lo que son los taiwaneses, van y le ponen de nombre 101… Nada de rimbombancias ni de abracadabras. El magno edificio Taipei 101 se llama así porque tiene 101 pisos por encima de la altura del suelo. Pero, lo que son los taiwaneses, en ese nombre hay mucha miga oculta: el número evoca el sistema numérico binario utilizado en la tecnología digital, el alto de 101 pisos simboliza el nuevo siglo que llegó cuando las torres estaban en construcción (100+1). Y el afán de superación al ir uno por encima del 100, un número que tradicionalmente está asociado a la perfección en muchas culturas. Representa también la ubicación en la que el edificio se encuentra, ya que 101 es el código postal del distrito internacional de negocios de Taipei.

El 101 es el paradigma del ‘axis mundi’ actual. También, dicen, que puede interpretarse como una pagoda, como un tallo de bambú o como una pila de lingotes o cajas de dinero, tan del gusto de los chinos continentales. Hasta aquí esto es algo que, más o menos, se puede leer en un libro. Lo que ya es otro cantar es verlo de cerca, tocar su magnífica estructura exterior, ver cómo cambia de tonos según sea el día del año o conforme avanza el día o la noche, ascender a más de 1 kilómetro por minuto hacia el fascinante cielo asiático y contemplar las hipnotizantes vistas. Nada en el edificio sobra ni falta; es silencioso, elegante, acogedor, seguro, y en el que ni siquiera sus juegos de luces resultan cursis ni chirriantes. Todo está bien pensado y eso lo nota el visitante. Es el emblema de una nueva sociedad de la China insular, de un mundo lleno de contrariedad y a veces mal enraizado en la tradición, pero que ha logrado crear una obra para la posteridad. No es una visita barata, y menos si llevas unos días por Taiwán y te acostumbras a sus maravillosas atracciones, casi todas gratis. Pero merece mucho la pena.

El 101 es ideal para colarse en eso que no sé definir con una palabra pero que llamo la vieja alacena dentro de las galerías del tiempo que saca a la luz todavía lo mejor de un destino cuando te has alejado 10.000 kilómetros de él.

 

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